La masculinidad al palo
Cultura, Rock y Machismo

La masculinidad al palo

“MUJERES, poniéndome en sus zapatos vuelvo a pedir perdón desde mi auténtico ser VARÓN”. Así comienza la carta.

-No te la puedo creer. No puede decir lo que dijo.

Lo que antecede al texto de disculpas son los dichos de Gustavo Cordera que llegan como corolario de un fenómeno que constituye uno de los cimientos de la cultura global desde hace milenios. Y decimos fenómeno por no decir el gigante que pisa absolutamente todo lo que encuentra: el sistema estructural de opresiones. De la misma manera en que Darwin explica la supervivencia de las especies, así sobreviven las ideas. Nacen, crecen y luego deben adaptarse a cada tiempo que corre, tomar sus formas, mimetizarse, hasta fundirse. Con la fuerza de una ola que va tomando más volumen a medida que avanza, el patriarcado estalló en los dichos de Cordera, un día cualquiera, en una Conferencia de TEA frente a decenas de alumnos de periodismo.

A partir de ahí los medios hicieron la ligazón: que qué sucede con el rock en este país, que los Aldana, que los del Pópolo, que la Bersuit, que ¿no los vimos venir?, que qué aberración.

Real pero incompleto. Los últimos eslabones del sistema de opresión no hicieron más que sacar a la superficie lo que se viene inoculando desde el principio de los siglos: una educación basada en una concepción desigual de los géneros, que nos dice que las mujeres somos cuerpos creados para el placer masculino, para fines reproductivos y para tareas domésticas.

-No te la puedo creer. No puede decir lo que dijo.

Pudo y lo dijo.

Amparado por un epísteme, aquel concepto foucaltiano que denomina al marco de saberes acorde a una determinada “verdad” impuesta desde un poder que se transforma en cada época y que influencian nuestra experiencia y nuestro modo de pensar, Cordera se sintió autorizado a hacerlo. Desde su peldaño pretendidamente superior de ser músico, rockero, heterosexual, clase alta y blanco, sintió que podía.

-No te la puedo creer. No puede decir lo que dijo.

Creamosló.  

Cordera dijo que hay mujeres que necesitan ser violadas y que “es una aberración de la ley que si una pendeja de 16 años con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger (…) A mí hablame de cómo te sentís y te entiendo, pero si me hablás de los derechos no te escucho porque no creo en las leyes de los hombres”.

Lo que Cordera hizo fue empujar los límites de lo decible, de lo aceptable a niveles peligrosos. Desde el trono en las alturas en la que el público y todo el mercado del rock lo colocaron, sobre un almohadón cómodo que le dice que, desde una pretendida “virilidad”, puede decir lo que se le cante en donde se le cante. Porque es rockero, porque cree ser contracultural, porque cree ir a contrapelo de las tendencias, porque se afirma como macho agresivo, porque su falo domina sus shows, porque transgrede la norma, porque es artista, es del palo. Y, sobre todo, porque la “mujer histérica” sólo se “libera” a través del sexo y sólo accede a él con “tapujos”: el deseo autónomo de la mujer no existe, está siempre disimulado, oculto. Y bajo la bota del deseo masculino que “dirige” toda la acción.

Bajo el halo de ser artista se esconden muchas barbaridades. Que son, ante todo, verdades. Marc Angenot en su libro “Discurso Social: Los límites históricos de lo pensable y lo decible” nos abre el panorama a algo que el saber popular y las normas consuetudinarias nos vienen indicando: que no se puede pensar cualquier cosa. Que al exacto momento de enunciar, se está enviando algo al universo de los decires posibles. Y que eso que al nombrar, creamos – nada existe si no se lo nombra – debió haber pasado tres barreras antes de salir de la boca: la del lenguaje mismo, la del pensar en el marco de la cosmovisión dominante o al menos vigente en ese momento histórico y la de lo que es aceptable decir porque el destinatario está en condiciones de recibirlo.

Nos detengamos a pensar un momento en cómo fue que la frase “hay mujeres que necesitan, porque son histéricas, ser violadas para tener sexo” atravesó como una lanza las barreras. Las saltó o las atropelló con la fuerza de un pomelaje que está demasiado anquilosado en el campo de la cultura, del arte y de la música argentina.

Los ecos de sus dichos no se hicieron esperar y numerosos medios y mediáticos salieron a repudiar sus palabras. Pero de igual manera hubo quienes no dudaron en relativizar o defender sus dichos – lo cual en ocasiones son casi sinónimos-, aludiendo a un contexto de producción de discurso que lo permitía, a una supuesta performance dramática.

-No te la puedo creer. No puede decir lo que dijo.

Pudo decir lo que dijo.

Hoy. 2016. Estamos ante una pugna de poder dentro del discurso social en donde el ideologema dominante está cambiando. Su mutación no es accidental, ni emerge como una isla: es el producto de largas trayectorias de decolonización de ideas, de abrir de a poco y a fuerza de procesos de deconstrucción de conceptos, los eslabones de una cadena que de tan fuerte parecía irrompible, que de tan poderosa parecía natural.

El rock como campo de batalla, como arena de lucha de poderes, es uno más de los reductos en donde debemos desentrañar las múltiples dominaciones que nos atraviesan. Una genuina despatriarcalización de los discursos no puede estar escindida de la lucha contra las lógicas capitalistas que reducen todo a mercancía, que hacen un culto del éxito individual, que elevan a lo más alto a un frontman que puede proferir enunciados colmados de prejuicios, estereotipos, peligrosas analogías y una violencia simbólica hacia la mujer concebida como cuerpo a dominar, como género a oprimir, como accesorio servil al falo que es quien reina sobre todo y todxs. “Mi estupidez, mi equivocación, mi grosería, mi representación estuvo en manos de mi personaje provocador que activó algo que estaba guardado en muchísima gente”, dijo después. Y esta vez tuvo algo de razón.

Pensar en términos de discursos es vital. Porque lo que se dice, existe. Nadie habla en el vacío. Si Cordera dijo, si Del Popolo y Aldana hicieron, es porque existe una peligrosa hegemonía cultural y una dañina hegemonía discursiva que lo sigue permitiendo. Cambiar la doxa interdiscursiva, transformar aquellos esquemas cotidianos considerados como naturales, es el desafío. El surgimiento del #NiUnaMenos dio cuenta de ello. Hastío, miedo, bronca e impotencia convertida en discurso, nombrando lo que ya estaba ahí: el elefante en el cuarto del que nadie hablaba pero al que todos podíamos ver.

Lo que sigue es presentar batalla académica, cultural, política, económica. Y epistemológica. Pensar y pensarnos desde todos los frentes nos ayuda a hacer mejores lecturas, menos prejuiciosas, menos recortadas, más honestas, más ricas. El nuevo horizonte está en subvertir paradigmas, sacudir lo no cuestionado, crear un nuevo discurso en donde la equidad de género en todos los ámbitos, el respeto ciudadano, cultural, legislativo y político a las diversidades sexuales sea real. Ya no utópico, ya no quimérico: asequible, posible y necesario. Un nuevo horizonte donde redefinamos el lenguaje y podamos decirle a lxs Corderxs que no: no podés decir lo que dijiste.

(*) Nota de Mili Pioletti para La Tinta.

18 Agosto, 2016

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admin La Tinta. Periodismo hasta mancharse.


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