Deudas
Deportes, Fútbol

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A 5 días de la muerte de Joao Havelange, el mayor dirigente de su historia, Brasil ganó lo único que le faltaba: el oro olímpico. El fútbol y Brasil se habían dado demasiado como para seguir con viejos rencores sacados al fiado. Los trapitos se lavaron en casa.

Es probable -o seguro- que la muerte de Havelange y el oro olímpico que le faltaba a Brasil no hayan tenido nada que ver. Pero por favor, déjenme creer que sí. Que hay una poética justiciera que enredó las cosas de tal manera que salieran como salieron.

A ver, el recorrido podría ser más o menos así: el fútbol nació como deporte; en las favelas, los brasileños negros y pobres lo convirtieron en un juego; en los escritorios, un brasileño rubio y descendiente de belgas lo puso en una góndola. Digamos: deporte, juego, mercancía, un recorrido posible.

Para entender quién era: el padre de Joao Havelange vendía armas. Él -el hijo- decía que vendía un producto llamado fútbol. Y Maradona decía que Havelange -de nuevo, el hijo- le vendía las balas a uno y el rifle a otro. Y creo que no es necesario que agreguemos más nada sobre eso.

Quiero creer que nos damos cuenta del huracán simbólico que es la vista en perspectiva de todo esto. Que no se nos pasó por alto. A ver: Brasil ganó el único título que le faltaba en el quinto día de luto por la muerte del brasileño que había destruido el fútbol que los brasileños habían ayudado a crear. A veces el almanaque nos hace esos chistes.

Oh, inciertos caminos de la historia.

Joao Havelange asumió, renunció, creó, destruyó, puso, volteó, sobornó y fue sobornado. Todo eso se lo podemos perdonar. Pero hay algo que no: que haya puesto en venta nuestra pasión. La pasión de los ingenuos. Que por nuestra condición de ingenuos es una pasión inagotable. Nuestra pasión por la belleza. Por una belleza que los suyos -o sea, los brasileños- interpretaron mejor que nadie. Son los que más jugaron al fútbol. Jugaron, del verbo jugar. Son los reyes de esa conjugación, de esa utopía lúdica que hoy, gracias a Havelange, venden Adidas o Nike.

Oh, irónico destino.

Brasil le regaló al fútbol el germen de su propia contradicción. O sea, toda esa brasileñidad. Todo lo que es. Todo lo que un brasileño puede ser. En su mayoría, fútbol juego. En su minoría, vendedores del producto llamado fútbol: Joao Havelange.

El fútbol, a su vez, le tatuó a Brasil sus máximas vergüenzas con dos números. El primero, es un año: 1950. El segundo, es una cantidad de goles: 7. Como para que no se olviden: ahí van los que se comieron el Maracanazo; ahí van los que se comieron siete.

La final de los Juegos Olímpicos de Río destilaban morbo. Una vez más Brasil jugaba en Brasil y otra vez frente a Alemania. A pocos días de la muerte de Havelange. Había llegado la hora de que el fútbol y los brasileños sacaran todos sus trapos sucios y los lavaran en casa, pero ante la vista de todo el mundo.

La realidad es que en el fútbol todos sentimos más o menos que alguien nos debe algo, que hemos dado demasiado. Nuestros jugadores -siempre, sean quienes sean- nos deben un poco más de transpiración y pedimos pago en efectivo. Vélez le debe un título a Brazenas. A los bielsistas, Bielsa nos debe un título más para seguir dando la batalla contra los herejes. Messi nos debe una Copa del mundo y nosotros le debemos una disculpa a Messi por creer que él nos debe una Copa del Mundo. Maxi López le debe a su representante haber jugado en el Barcelona. Icardi le debe su mujer a Maxi López. Y todo así. El fútbol es una conjunción de partes que creen tener anotadas en la libreta cosas por cobrar.

Pero el fútbol y Brasil se habían dado demasiado como para seguir con viejos rencores sacados al fiado.

132 horas después de la muerte de Havelange, Neymar ya había hecho viajar la pelota los 12 metros que separaban a Brasil de su primer oro olímpico. Román Iutch, comentarista de la TV Pública, dejó un par de segundos de silencio.

Y tiró: “El fútbol y Brasil ya no se deben nada”.

La cuenta está saldada.

 

Grego Tatián
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23 Agosto, 2016

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Grego Tatián


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