¿Cuál es tu rock?
Cultura, Música, Rock y Machismo

¿Cuál es tu rock?

Hace mucho, mucho tiempo, el rock fue el gran paladín de las contraculturas. Despertó polémicas interesantes y planteó discusiones que todavía hoy tienen un efecto de apertura muy grande en términos intelectuales y de sensibilidad. La música como motor de cambio, se pregonaba. Y algo de cierto había en esa hermosa idea. La juventud reconocida como tal, la prédica antibelicista, el encuentro entre pares como respuesta a la indiferencia de los gobiernos y de los grandes agentes del capitalismo transnacional. En definitiva, otra forma de ver y entender un mundo destinado al caos y a la supervivencia de los más poderosos.

Hace mucho, también, todo ese paquete “antisistema” empezó a ser negocio para algunos. El culto al ídolo, la noción del estrellato y la canonización de ciertos próceres musicales son algunas de las consecuencias derivadas de esa lenta pero efectiva fagocitación. Lo que en un principio fue disruptivo terminó siendo servil a pequeños sectores concentrados de las industrias culturales. Algunos privilegiados rockeros pudieron (y pueden) disfrutar de las mieles del éxito y de un cuello de botella que se hace cada vez más chico. Eso no es novedad. Lo nuevo, en todo caso, es el hecho de pensar que la música como sector productivo es mucho más que ese puñado de artistas que concentran la mayor porción de pauta publicitaria y de difusión dentro del espectro mediático actual.

No es casual que ciertas voces hayan dejado de ser toleradas y amparadas. Los Aldana, los Walas, los Migue y los Cordera son ejemplos de un modelo en decadencia. ¿Sigue siendo atractiva la idea de llenar estadios? Por supuesto. ¿Se siguen formando bandas solo por tener un arma de chamuyo más para “levantar minitas”? ¿Siguen existiendo casos de chicas y chicos que acceden a cualquier cosa solo con el objetivo de estar más cerca de sus ídolos?

Indudablemente. Pero está claro también que la trama se está desentrañando de a poco. Algunos años atrás muchos celebrábamos como público cosas que hoy nos parecen espantosas. El macho alfa haciéndose cargo de las masas pasivas con un micrófono o una guitarra como estandarte. Las chicas subiéndose al escenario de Cosquín Rock en un show de Molotov. El descontrol como parte de esa fantasía reprimida. “Cómo me gustaría tocar en una banda y que después del show vengan a rendirme pleitesía”, sería un costado de esa proyección. “Qué copado acceder a ese espacio VIP en el que todos los sueños se cumplen”, sería la contrapartida.

La fantasía sigue existiendo. Seguirá estando ahí en la medida en la que la validemos desde abajo del escenario. Y también desde adentro. Por eso es importante pensar y repensar ciertas ideas preconcebidas a la hora de aventurarse en el mundo de la música y del rock en particular. Detrás de un artista o de una banda en escena hay siempre un grupo de trabajo que lo secunda. El escándalo, los excesos y el pomelaje han dejado de ser herramientas de distinción. Todo lo contrario, el trabajo sostenido, la planificación estratégica y el profesionalismo han pasado a ser la verdadera clave de éxito. Y cuando digo éxito no me refiero a agotar una cancha de River o morir en el intento. Me refiero al hecho de poder darle sustentabilidad a un emprendimiento como tantos otros, que se toca y se canta, pero que también se piensa, se desarrolla y se trabaja en lo cotidiano. La imagen de artista como ejemplo de una divinidad, como caído del cielo de los talentosos, es uno los patrones culturales más nocivos a los que se enfrenta el sector. Hoy, más que nunca, los músicos deben trabajar en equipo para poder tener más alcance. La idea del cazatalentos que va a venir a sacar de la mediocridad al artista bañado en inspiración es una falacia de otros tiempos. Solo así es posible dejar atrás la distinción entre los genios encumbrados y los cientos de miles de aspirantes a músicos profesionales que deben responder “no, no lo hago como hobby”.

Es un tiempo de redefiniciones, de cuestionamientos profundos. Si dejamos de medir todo con la vara del éxito en términos de capitalismo salvaje, el panorama se presenta mucho más rico y diverso. Pero en esa lógica mercantil al mil por ciento, la figura del intocable y del artista como ser superior es un componente fundamental. La tentación es grande y la presión social también. Quien plantee un modelo alternativo al reinado del poder y el placer en todas sus formas toma el riesgo de ser señalado como el boludo del año. El machismo es apenas uno de los ingredientes de ese cóctel molotov horroroso que proyectan mucho de los referentes del rock argentino de escala masiva. Sin embargo, otro tipo de sensibilidades empiezan a circular con cada vez mayor fuerza y eso es una gran noticia. Los aires de renovación son evidentes, y también son bienvenidos para despejar el tufo opresivo que todavía es mayoría. Aún así, lo más contradictorio es que este rock avejentado, el de los abusos de status y el de los estereotipos perpetuados, no tiene nada que ver con aquel que, en algún momento, soñó en cambiar el mundo. Como dice la canción, es apenas “una estampa estúpida de sumisión”.

(*) Juan Manuel Pairone para La Tinta

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12 Agosto, 2016

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